Señal
Son cuatro gatos en el pueblo. Durante el día engordan cerdos o riegan los olivos, toman el fresco, duermen la siesta y juegan al mus entre carajillos. La verdad, no hacen mucho más que esperar y discutir del tiempo. En invierno hace frío; en verano, calor; por lo demás, templadito.
La gente que va de la mancha a Andalucía, pasa de largo. Lo mismo que las ondas electromagnéticas, que sobrevuelan en su parábola sin enterarse del pueblo, encajado entre dos lomas. Por eso, aquí no hay fútbol ni suenan los móviles.
Esto es una estampa en presente continuo, pero ahora toca un cambio de tiempo verbal.
Nadie sabe bien cómo ni cuándo pero fueron ganando adeptos dos facciones, una, conservadora y costumbrista, partidaria de dejar las cosas como estaban, y la otra, liberal e innovadora, invocando "la necesidad acuciante de estar incertos en este mundo global" (dicen que el speech se los sopló Benito, el nieto de doña Carmen que vive en la ciudad, pero poco importa ya).
El hecho es que ambos bandos no amainaron en sus tesis y hasta las partidas de mus tenían una tensión desconocida hasta entonces. Así pues, la alcaldesa, en un rapto de estadista, decidió zanjar el asunto y convocó a un referéndum: Sí o No a la antena repetidora de la señal telefónica (con el fútbol no había remedio: poco mercado).
En la campaña electoral, partidarios del No hablaron de cáncer, de invasión, de "nos conocemos todos" e intentaron hacer ver lo fea que se vería la montaña con ese "bicho de acero". Los del Sí, representados por Paco Almunia, más pragmáticos, fueron directo al grano: "podremos hablar con la familia que casi no viene, llamar una grúa o pedir una ambulancia -aquí miró al pelotón de ancianas de la segunda fila-.
La jornada electoral se desarrolló con absoluta normalidad. Ganó el Sí y dos meses después la antena y un enorme cartel de Carrefour coronaban la cima de la loma.
Seis cerdos le costó a don Vicente la primera factura y siete la segunda y ni así logró ponerlo en hora. Doña Carmen recibe puntualmente cada viernes la llamada y el hijo de su nuera, Benito, que ya le reventó tres malvones y tarda demasiado en el baño. A Anselmo le dio un desmayo cuando le vibró el aparato y cayó redondo en la panadería, suerte que estaba Vilches (había hecho causa por el No) y pidió una ambulancia. Cuando bajaban a la ciudad chocaron de frente con la grúa que había llamado Almunia para arrancar la furgoneta. No sobrevivió nadie y la furgoneta sigue sin batería.
La gente que va de la mancha a Andalucía, pasa de largo. Lo mismo que las ondas electromagnéticas, que sobrevuelan en su parábola sin enterarse del pueblo, encajado entre dos lomas. Por eso, aquí no hay fútbol ni suenan los móviles.
Esto es una estampa en presente continuo, pero ahora toca un cambio de tiempo verbal.
Nadie sabe bien cómo ni cuándo pero fueron ganando adeptos dos facciones, una, conservadora y costumbrista, partidaria de dejar las cosas como estaban, y la otra, liberal e innovadora, invocando "la necesidad acuciante de estar incertos en este mundo global" (dicen que el speech se los sopló Benito, el nieto de doña Carmen que vive en la ciudad, pero poco importa ya).
El hecho es que ambos bandos no amainaron en sus tesis y hasta las partidas de mus tenían una tensión desconocida hasta entonces. Así pues, la alcaldesa, en un rapto de estadista, decidió zanjar el asunto y convocó a un referéndum: Sí o No a la antena repetidora de la señal telefónica (con el fútbol no había remedio: poco mercado).
En la campaña electoral, partidarios del No hablaron de cáncer, de invasión, de "nos conocemos todos" e intentaron hacer ver lo fea que se vería la montaña con ese "bicho de acero". Los del Sí, representados por Paco Almunia, más pragmáticos, fueron directo al grano: "podremos hablar con la familia que casi no viene, llamar una grúa o pedir una ambulancia -aquí miró al pelotón de ancianas de la segunda fila-.
La jornada electoral se desarrolló con absoluta normalidad. Ganó el Sí y dos meses después la antena y un enorme cartel de Carrefour coronaban la cima de la loma.
Seis cerdos le costó a don Vicente la primera factura y siete la segunda y ni así logró ponerlo en hora. Doña Carmen recibe puntualmente cada viernes la llamada y el hijo de su nuera, Benito, que ya le reventó tres malvones y tarda demasiado en el baño. A Anselmo le dio un desmayo cuando le vibró el aparato y cayó redondo en la panadería, suerte que estaba Vilches (había hecho causa por el No) y pidió una ambulancia. Cuando bajaban a la ciudad chocaron de frente con la grúa que había llamado Almunia para arrancar la furgoneta. No sobrevivió nadie y la furgoneta sigue sin batería.


