El domingo no vi las carreras en directo y me disponía a ver la repetición. Pero TVE decidió no retransimitr nada por eso del buen gusto y el respeto y tal. Y está bien. O eso piensas mientras estás intentando asimilar la noticia hasta que te interrumpe la siguiente: el linchamiento de Gadafi en las calles de Libia... se nos ha distorcionado un poco eso del buen gusto y el respeto. Pero eso es otra historia.
O no. Después de todo, entre Marco y yo siempre hubo una pantalla de por medio. Y lo llevábamos bien. A través de ella me regaló cientos de batallas, maniobras arriesgadas, adelantamientos al filo de la locura, revolcones, remontadas épicas, unas cuantas risas y algún calentón; espectáculo puro. Pero a la hora del final, nada. Necesitaba vivir esos minutos de tensión, la angustia de no saber y esperar lo peor, quedarme sentado con cara de imbécil e incapaz de hacer nada. Yo qué sé, aunque sea acompañarle o enviarle un poco de fuerza aunque fuera en diferido, después de todo a mí la física, la geometría o simplemente el destino me perdonó esos 10 centímetros que a Marco le negó.
No me puedo hacer a la idea y puede parecer simple egoísmo, o morbo. Pero esto no va de eso. Su pilotaje, su estilo, su alma de guerrero fueron creciendo día a día, imagen tras imagen. Y sin embargo, de repente, nada o casi nada. Cuanto menos, mejor. Su última maniobra, su agónico intento por evitar la caída y seguir dando guerra (una metáfora de sí mismo) le es arrebatada, maltratada, malmostrada. El guerrero se queda sin batalla. El hombre sin final funde a negro.
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(en su web se puede enviar un saludo de despedida) |
Arrivederci bambino
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