
Habiendo leído a Bestiaria y su Eslabón débil, en el que da cuenta de las muchas historias en las que mujeres de toda índole y toda época fueron el eslabón culminante de estrepitosas caídas masculinas, no quería dejar pasar este pequeño resumen de una de las féminas más tristemente recordadas, Malintzin, o Malinche.
Corrían los años 1500 y pocos, Hernán Cortés ya había sido enviado desde la isla de La Española a husmear el continente, ya había desembarcado, atravesado Yucatán, fundado y hecho fuerte en Veracruz, y ya había quemado las naves para evitar la huída de subalternos nostálgicos del sosiego isleño. Así las cosas, la turba de marineros guerreros sólo pudo seguir hacia adelante, a donde Cortés los guiara.
Malinche nació aparentemente en Coatzacoalcos (que podría traducirse como el escondite de la culebra) y provenía de la clase alta de la sociedad azteca. Tras una derrota ante pueblos mayas, es entregada como esclava a los vencedores, quienes a su vez luego la regalarían a Cortés junto a otras mujeres y otras riquezas.
Rebautizada como Marina, de una belleza debidamente acreditada, carne de sexo barato y regalada a uno de los oficiales (Portocarrero), Cortés pronto descubre que Malinche domina el náhuatl (lengua azteca), el maya y pronto aprendería el castellano, lo que la convertirá primero en intérprete y luego en consejera inseparable y persona de contacto con los distintos pueblos indígenas en la marcha inevitable hacia Tenochtitlan (hoy Ciudad de México), la cuna del imperio Mexica (o azteca), donde estaban el oro y la posteridad.
La mitología popular atribuye un tórrido romance entre Malinche y Cortés, romance que no parece haber ido más allá de un hijo en común (Martín) y la lealtad de Malinche en la marcha de la conquista. Así, Malintzin recomienda a Cortés en Tlaxcala cortar las manos de indígenas espías (y éste las rebana) o advierte al conquistador de una conspiración para matarlo que se estaba gestando en Cholula, a lo que Cortés respondió masacrando a todos los habitantes de la ciudad.
Malinche vuelve a alimentar su figura ya en Tenochtitlan, donde explica minuciosamente a Cortés las creencias de los mexica y la visión fatalista de su gobernante máximo, Moctezuma, y se convierte definitivamente en un mito durante la Noche Triste, el ataque artero que asestan los españoles a los indígenas mientras celebraban toxcatl, la gran fiesta del mes, en la que al parecer Malinche mostró una bravura sin igual en la contienda. Muy poco tiempo después caería finalmente Tenochtitlan y Malinche quedaría para siempre como la gran traidora ya no de un hombre sino de toda su raza.
Sin embargo, desde ópticas más benévolas, Malintzin es el símbolo iniciático del mestizaje mexicano, la madre de lo que en resumen es el México de hoy, el mismo que habla de “malinchismo” para señalar a quienes desde métodos modernos o teorías liberales civilizadísimas siguen traicionando a su propia gente en beneficio del forastero.
Aquella mirada intransigente o esta más asumida se funden en la misma Malinche, la que todavía aseguran ver deambular en las noches tristes de México, trasmutada en La Llorona, el alma fantasmal de una mujer en pena que exclama “ay, mis hijos”.

