lunes, 27 de febrero de 2006

Maldición de Malinche


Habiendo leído a Bestiaria y su Eslabón débil, en el que da cuenta de las muchas historias en las que mujeres de toda índole y toda época fueron el eslabón culminante de estrepitosas caídas masculinas, no quería dejar pasar este pequeño resumen de una de las féminas más tristemente recordadas, Malintzin, o Malinche.

Corrían los años 1500 y pocos, Hernán Cortés ya había sido enviado desde la isla de La Española a husmear el continente, ya había desembarcado, atravesado Yucatán, fundado y hecho fuerte en Veracruz, y ya había quemado las naves para evitar la huída de subalternos nostálgicos del sosiego isleño. Así las cosas, la turba de marineros guerreros sólo pudo seguir hacia adelante, a donde Cortés los guiara.

Malinche nació aparentemente en Coatzacoalcos (que podría traducirse como el escondite de la culebra) y provenía de la clase alta de la sociedad azteca. Tras una derrota ante pueblos mayas, es entregada como esclava a los vencedores, quienes a su vez luego la regalarían a Cortés junto a otras mujeres y otras riquezas.

Rebautizada como Marina, de una belleza debidamente acreditada, carne de sexo barato y regalada a uno de los oficiales (Portocarrero), Cortés pronto descubre que Malinche domina el náhuatl (lengua azteca), el maya y pronto aprendería el castellano, lo que la convertirá primero en intérprete y luego en consejera inseparable y persona de contacto con los distintos pueblos indígenas en la marcha inevitable hacia Tenochtitlan (hoy Ciudad de México), la cuna del imperio Mexica (o azteca), donde estaban el oro y la posteridad.

La mitología popular atribuye un tórrido romance entre Malinche y Cortés, romance que no parece haber ido más allá de un hijo en común (Martín) y la lealtad de Malinche en la marcha de la conquista. Así, Malintzin recomienda a Cortés en Tlaxcala cortar las manos de indígenas espías (y éste las rebana) o advierte al conquistador de una conspiración para matarlo que se estaba gestando en Cholula, a lo que Cortés respondió masacrando a todos los habitantes de la ciudad.

Malinche vuelve a alimentar su figura ya en Tenochtitlan, donde explica minuciosamente a Cortés las creencias de los mexica y la visión fatalista de su gobernante máximo, Moctezuma, y se convierte definitivamente en un mito durante la Noche Triste, el ataque artero que asestan los españoles a los indígenas mientras celebraban toxcatl, la gran fiesta del mes, en la que al parecer Malinche mostró una bravura sin igual en la contienda. Muy poco tiempo después caería finalmente Tenochtitlan y Malinche quedaría para siempre como la gran traidora ya no de un hombre sino de toda su raza.

Sin embargo, desde ópticas más benévolas, Malintzin es el símbolo iniciático del mestizaje mexicano, la madre de lo que en resumen es el México de hoy, el mismo que habla de “malinchismo” para señalar a quienes desde métodos modernos o teorías liberales civilizadísimas siguen traicionando a su propia gente en beneficio del forastero.

Aquella mirada intransigente o esta más asumida se funden en la misma Malinche, la que todavía aseguran ver deambular en las noches tristes de México, trasmutada en La Llorona, el alma fantasmal de una mujer en pena que exclama “ay, mis hijos”.

domingo, 19 de febrero de 2006

El aprendizaje

La Universidad de Yale publicó un anuncio solicitando voluntarios para un experimento. Pagaba unos 10 dólares a cada persona. Luego de elegirlos en grupos de a dos, los lleva a una sala inmensa, impecable. Allí está el doctor (de pulcrísima bata blanca), una consola y más allá una silla eléctrica.

Les explica el procedimiento: es un estudio acerca de los mecanismos de la memoria y de la relación castigo-aprendizaje. Al que le toque la silla eléctrica (alumno) será analizado de la siguiente manera: le serán leídas veinte palabras, y luego veinte asociadas a cada una de ellas (por ejemplo: cielo-azul). Se le irán diciendo las palabras y deberá responder la palabra asociada. Cada vez que falle, recibirá una descarga eléctrica desde la consola, que irá creciendo en intensidad con cada fallo. En la consola se sentará el otro voluntario (maestro), que no es objeto de estudio.

Sortean. Al que le toca la silla está preocupado, el otro siente alivio. Se posicionan, se leen las palabras y las asociadas. Comienza el experimento.

Al primer error, el maestro duda; el doctor lo mira y, con un gesto, le dice que lo haga. Lo hace y el alumno recibe un cosquilleo.

Dos, tres aciertos y otro error. Duda menos y acciona la segunda descarga antes de que el doctor llegue a mirarlo.

En los siguientes errores, acciona directamente. El alumno manifiesta cada vez más dolor.

En el próximo fallo es necesario que el doctor vuelva a mirarlo, y al siguiente que le recuerde que se comprometió a hacerlo y que el experimento depende de que continúe. Está sudando, preocupado, pero lo hace. El alumno se retuerce en la silla, se despeina, le tiembla toda la cara. No parece que resistirá la próxima descarga.

Acierta dos o tres más hasta que se queda en blanco con una palabra. El maestro, muy nervioso, intenta soplarle la respuesta con gestos sin que lo vea el doctor. El doctor lo ve, se siente culpable. El alumno al fin responde, es una palabra parecida, pero no es la exacta. El maestro le dice al doctor que habría que darla por buena. El doctor se niega. Discuten un poco. Le pide que no le den otra descarga. El doctor vuelve a recordarle sus obligaciones, y le dice que lo haga, que él se hace responsable. Lo hace; el otro se estremece, suelta baba, se va en convulsiones y agoniza.

Fin del experimento.

En realidad, la silla no tenía electricidad, el alumno no era un voluntario sino un actor contratado, no hubo ningún sorteo y no estaban estudiando la memoria del que recibió las descargas. El único que estaba siendo analizado era el maestro.

El experimento pretendía probar que una persona, sin ninguna animosidad contra otra y sin conocerlo de nada, podía llegar a matarlo sólo por estar bajo el paraguas de una instancia mayor (la universidad, en este caso), haber estado de acuerdo al inicio (acudió libremente), haberse comprometido (aceptó participar), otorgar su complicidad moral (cobró el dinero), y estar amparado por un superior intermedio más cualificado (el doctor) que asumía la responsabilidad de sus actos. El porqué sigue hasta el final es mucho más simple: abandonar a mitad de camino representa implícitamente que es atroz todo lo que hizo hasta ese momento.

El 62,5% de los participantes obedeció hasta el final, aplicando descargas de hasta 450 voltios (el máximo), a pesar de que a partir de los 300 el de la silla ya no daba señales de vida.

sábado, 11 de febrero de 2006

Inteligencia militar (el problema)


El Pentágono, cuando no se dedica a tonterías como Irak o acribillar a cualquiera que combine en su apellido demasiadas aes y haches, se embarca en cuestiones importantísimas, como la que atiende por estos días:

Ha detectado que el ejército está mal, sí sí, que los soldaditos andan cabizbajos por ahí, pateando latas y suspirando mucho. Le ha buscado y le ha buscado hasta que dio con el meollo del asunto: están casados con imbéciles.

Para paliar el problema, que repercute en la calidad de su trabajo (y eso no lo vamos a permitir), está impartiendo un curso para que los uniformados sepan elegir a su media naranja. Listo, ya atajaron el problema de los noviantes, pero qué hacer con los que ya están casados.

Para hallar la solución han seguido un proceso deductivo impecable:

El 85% de los soldados son hombres
El 80%, por deseo o apariencias, está casado con mujeres (a los hechos, las imbéciles)
La función de toda mujer es cocinar, sollozar y esperar cartas desde el frente
Solución: clases obligatorias de cocina y técnicas de lloro patriótico

Archívese

domingo, 5 de febrero de 2006

San Fermín para principiantes


El panorama es más o menos este: casco antiguo de Pamplona, bares abiertos día y noche, un millón de borrachos/as repartidos en las siguientes tareas:
a) yendo de bar en bar, vaso de medio litro en mano
b) durmiendo en plazas y parques
c) desparramados en el suelo, irreconocibles
d) meando a la vueltita de algo

De día, la mayoría de la gente está haciendo b) y c) y de noche abundan a), d) y algo de c). La ciudad desprende un aroma constante proveniente de la siguiente mezcla: cerveza, vino, pis, vómito y productos químicos para matar lo anterior. La gente está feliz. No hay altercados.

Aunque esta peregrinación a La Meca del fermento dura 8 días, el grueso de borrachos confluye el fin de semana: se suele llegar viernes a la noche (3 am +/-), la ciudad está en pedo de hace rato, y uno puede ser recibido, como me tocó a mí, por alguien con una botella de champagne caliente en la mano, que le dice: “Hola, soy Pablo, sobrino de Rodolfo, tomate un trago”. Ante este escenario uno siente dos impulsos: tomar o tomar mucho. Y toma mucho, para no desentonar.

Pasada la hora punta del alcohol, llega el rito taurino: el encierro, que es a las 8 am en punto.

Básicamente podemos calificar a los corredores en dos grupos:
1) local, asiduo (corren todos los años, frescos como lechuga, de blanco, pañuelo rojo, elongan, alguna herida visible y su misión es guiar a los toros para que lleguen rápido a la plaza sin cornear a nadie)
2) forastero, improvisado (de blanco o no, desconoce de dónde aparecerán los toros, cámara de fotos colgando, vaso en mano, risueño, ojos rojos y su deseo es llegar a tocar un toro, tirarse a un costado, ver como revuelcan a todos los demás)

Minutos antes de que irrumpan los toros con toda fiereza, lo hace la policía, que revolea borrachos al otro lado de la valla sin decir agua va. Entre éstos, los más habituales son japoneses, yankees con sombrero mexicano o alemanes en hojotas. Ya con el elenco definido, se dispara el “chupinazo” (petardo) y saltan los toros a hacer su trabajo, la grada grita y quiere sangre. A los 100 metros de iniciada la carrera, ya toros y corredores se entremezclan y empieza a desmadrarse el asunto: los “mozos” corren mirando hacia atrás como perseguidos por el Tiburón de Spielberg, empiezan hostias, porrazos, peloteras y el menú está servido para que el toro elija. Pero como el animal es bastante más civilizado, por lo general sólo quiere evitar a la gente y seguir su camino.

El primer gran kilombo está en la curva de Mercaderes a Estafeta. Este enclave es medio Pamplona. Si el encierro viene tranquilo, lo altera; y si viene alterado, lo termina de enloquecer: la mitad de los toros pierde adherencia en la curva y se van al suelo; cuando se levantan ya perdieron el tren del malón, no saben para donde encarar, y suelen hacerlo hacia el primer tarugo que se cruza, que siempre pertenece al grupo 2. Que esto no derive en carnicería se debe a la celestial intervención de los experimentados, que atraen la atención de los toros y los guían en la dirección correcta hacia la plaza.

El segundo y último entuerto está en la entrada a la plaza de toros, una puerta que ejerce de embudo y que sólo necesita de un tropiezo para que se forme una represa humana que sólo saben sortear los toros, abriéndose camino a pisotones y cuernazos.

Nueve de cada diez heridos corresponde al grupo 2, y el restante, del grupo 1, cae en combate encausando toros y salvando vidas. El cierre lo protagonizan los servicios médicos, reanimando averiados. Al lado, chusmeando, suele haber alguien con la camiseta de Boca.