Si uno consigue unos días para irse por allí tiene que aprovechar la oportunidad y no dejar de conocer Magdeburgo.Es una ciudad extraña, atrapante, repleta de gente peinada a la gomina que camina hacia atrás y se saludan a sí mismos cada veinte metros. Es un ritual antiquísimo que los magdeburguianos defienden a capa y espada, y que al parecer viene de los primeros habitantes de la zona, llegados desde el extremo noreste de Mongolia allá por el 600 después de Cristo.
Pasear por la Markiteng Straße es adentrarse al corazón del consumo, con tiendas de todas las grandes marcas, coronadas por un interminable desfile de comercios dedicados a la gomina y el gel. El olor es un poquito bestia, eso sí.
Si uno llega en domingo, el espíritu y la cámara de fotos lo agradecen. En la Plaza de la Constitusionalle se puede presenciar el concurso abierto de violación de los derechos humanos. Entre la gran cantidad de actos, recomiendo dos: El arte del insulto arameo, una puesta muy cuidada sobre las mil formas de degradar a una persona sin tocarla, y La patada al hígado, mucho más arriesgada, contestataria y dolorosa. Por apenas 5 euros se puede degustar todo tipo de platos y bebidas de la región, y pagando el bono de 10 euros se accede al Sacrificio del Gordo, echando el combustible o encendiendo el fósforo.
Otros sitios imperdibles: El Barrio Nazi, un homenaje a la arquitectura más radical, de ángulos rectos y formas amenazantes, Toxic Toys, la fábrica de juguetes tóxicos que posee una de las colecciones de niños deformes (vivos) más grandes del mundo, la BMW, obvio, y el monumento a Lord Cheseline (foto), patrono de la comarca.
Y por supuesto, no puede irse de Magdeburgo sin visitar el Pueblo Mudo, un caserío a las afueras de la ciudad donde no vuela una mosca y se arman tremendas partidas de Dígalo con Mímica o Pictionary.